¿Qué es el dolor?

Creo que todos estamos de acuerdo en que, en algún momento de nuestra vida, hemos lidiado con el dolor. Muchos de nosotros seguramente recordaremos esos momentos de la infancia o adolescencia en el que sufrimos un dolor agudo que, durante un lapso de tiempo, resultó inaguantable. 

El dolor es algo que forma parte de nuestro día a día y tiene infinidad de contextos. Desde el típico dolor en el pie por el golpe malhechor con la esquina de la mesa, pasando por esos dolores de cabeza por estar preocupados y culminando en lesiones o patologías. Por ejemplo, y por empezar a apoyarnos en datos, se estima que uno de cada seis españoles (17 %) sufre de dolor crónico, lo que supone un gasto enorme en salud pública.

Conocemos al dolor cara a cara, pero ¿qué es realmente? Dicen los expertos que es toda aquella experiencia sensorial y emocional de carácter desagradable y, por tanto, en la que intervienen factores físicos, biológicos y psicológicos. Pero seamos más concretos y entendamos cómo funciona nuestro cuerpo para que percibamos dolor.

Vamos a trabajar con un contexto: nos estamos preparando para salir de casa. Miramos la hora y comprobamos que se nos hace tarde pero, en un intento por darnos prisa, nos pillamos un dedo con un cajón.

Resulta increíble como en cuestión de segundos nuestro sistema nervioso procesa esta situación y ejecuta la respuesta más lógica (retirar la mano). Esto ocurre porque, a lo largo de toda nuestra bien diseñada anatomía, contamos con un sinfín de receptores (nociceptores en este caso, especializados en las señales dolorosas). 

Estos receptores se comunican a través de los nervios (formados por neuronas) con el cerebro recorriendo su autovía particular, que es la médula espinal. Una vez llega al cerebro, la corteza cerebral interpreta esta señal y devuelve la respuesta por la misma vía. 

Pero vamos a acercarnos un poco más para entender el punto clave de esta transmisión de información. Si pudiéramos ampliar la imagen, veríamos esto:

Aquí parece que las cosas se complican, pero ni mucho menos. Digamos que la ecuación no es tan simple como A + B = C.

No todos los golpes nos provocan dolor porque no todos los estímulos activan el mecanismo y es que ¿quién no se ha encontrado cortes o algún moratón que desconocía cuándo o cómo aparecieron ahí?

La función del dolor es activar un sistema de alarma que nos proteja, pero para no alterarnos a la mínima oportunidad, nuestro organismo establece cuándo algo es lo suficientemente importante para activar la señal. Por esto mismo contamos con fibras especializadas en dolor y fibras especializadas en el tacto, que actúan apoyándose o haciéndose la competencia.

Por ejemplo, ante el mismo golpe que se citaba antes, además de retirar la mano nuestro siguiente impulso siempre es tocar la zona. ¿Por qué la tocamos si está dolorida? Pues porque así activamos las fibras Aẞ receptoras de las señales del tacto y que, a su vez, activaran las interneuronas inhibidoras, evitando que la señal de dolor se mantenga activa para el sistema nervioso o, lo que es lo mismo, tocamos para cortar el flujo de dolor. 

Por el lado contrario, este mismo mecanismo que muchas veces nos ayuda, a veces se vuelve en nuestra contra y facilita que mantengamos una sensibilidad añadida después de un golpe ante estímulos que no deberían ser dolorosos.

Un momento, ¿eso quiere decir que no siempre tiene que existir una causa para que sintamos dolor? Efectivamente, y es que la memoria no es algo que sólo tengamos destinada para los recuerdos. Nuestros tejidos tienen memoria, nuestro cerebro tiene memoria y, además, nosotros mismos almacenamos recuerdos de episodios dolorosos. Todo esto facilita que ciertos dolores “vuelvan” de vez en cuando y es la base para entender el dolor crónico. 

Entender el dolor es una garantía para gestionar mejor todos los acontecimientos de nuestra vida. Aceptarlo como un sistema de defensa, respetando las emociones que conlleva, valorándolo en su conjunto y comprendiendo cómo y cuándo es vital que nos expongamos a sus condiciones para así disfrutar, en la medida de nuestras posibilidades, de un día a día pleno.

 

Lectura recomendada
David Butler y Lorimer Moseley
Explicando el dolor

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